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Hoy, para celebrar el Día del Libro, recordemos un extracto del genial libro de Balzac  La piel de Zapa.

Porque se pueden hacer realidad todos sus deseos, pero cada uno supone un precio. ¿Qué hacer? Amor y misterio. Lucha contra el tiempo. Dinero. Poder. Fama. Salud. Matrimonio. Consumismo. Quizá lo importante no es tanto conseguir las cosas, sino cómo se utilizan una vez que se tienen.

¡¡¡ Feliz Día del Libro a Todos !!!

El joven se levantó bruscamente, mostrándose algo sorprendido al ver sobre la silla que ocupaba un trozo de zapa, adosado a la pared, cuyas dimensiones no excederían de las de una piel de zorro; pero, por un fenómeno inexplicable al pronto, aquella piel proyectaba en la profunda obscuridad que reinaba en el almacén una porción de rayos luminosos, que le comunicaban el aspecto de un cometa en miniatura. El Incrédulo joven se acercó al supuesto talismán, que debía preservarle de la desgracia, mofándose mentalmente de su virtud; pero, impulsado por una curiosidad bien legítima, se inclinó para examinar minuciosamente la piel, no tardando en descubrir la causa naturalísima de aquellos resplandores. Los negros granillos de la zapa estaban tan esmeradamente pulidos y bruñidos, sus caprichosas rayas se destacaban con tanta limpieza, que las asperezas del cuero oriental, semejantes a facetas de granate, constituían otros tantos pequeños focos, que reflejaban vivamente la luz. Demostró palpablemente la causa del fenómeno al anciano, quien, por toda respuesta, sonrió maliciosamente. Aquel aire de superioridad hizo sospechar al joven erudito que era víctima, en aquel momento, de la charlatanería de su interlocutor; y no queriendo llevarse un nuevo enigma a la tumba, comenzó a dar vueltas entre sus manos a la piel, como chiquillo impaciente por conocer los secretos de su nuevo juguete.
– ¡Ah! -exclamó-, aquí hay señales de la marca que los orientales conocen con el nombre de sello de Salomón.
-¿Luego la conocía usted? – inquirió el mercader, lanzando por las narices tres o cuatro resoplidos, mucho más significativos y elocuentes que lo hubieran sido las más enérgicas palabras.
-¿Pero hay en el mundo alguien tan cándido que pueda prestar crédito a semejante patraña? -replicó el joven, amoscado al observar aquella risita muda y sardónica-. ¿Ignora usted que las supersticiones orientales han consagrado la forma mística y los falaces caracteres de ese emblema, que representa un poderío fabuloso? Tan necio sería tomando en serio semejante sandez, como hablando de esfinges o de grifos, cuya existencia está en cierto modo admitida, siquiera sea mitológicamente.
-Siendo, como es usted, orientalista -manifestó el anciano-, probablemente sabrá leer esta sentencia.
Y acercando la lámpara al talismán, que el joven tenía invertido, le mostró unos caracteres grabados en el tejido celular de la maravillosa piel, como si los hubiera producido el animal a que perteneció en otros tiempos.
-Confieso -declaró el desconocido- que no atino con el procedimiento que puede haberse utilizado para grabar tan profundamente estas letras en la piel de un onagro.
Y, volviéndose vivamente hacia las mesas cargadas de curiosidades, pareció buscar algo con la vista.
-¿Qué quiere usted? – le preguntó el viejo.
-Una herramienta para cortar la piel, a fin de comprobar si las letras son impresas o grabadas.
El anciano alargó su verduguillo al desconocido, que raspó la piel, en el sitio en que las palabras estaban escritas; pero después de quitar una ligera capa de cuero, las letras reaparecieron tan claras y tan idénticas a las estampadas en la superficie, como si no se hubiera quitado nada.
-La industria oriental posee secretos que le son peculiares – dijo el joven, fijándose detenidamente en la sentencia, con una especie de inquietud.
-Sí -contestó el anciano-, i Vale más achacárselo a los hombres que a Dios! Las palabras cabalísticas estaban dispuestas en la siguiente forma:

Si me posees, lo poseerás todo.
Pero tu vida me pertenecerá.
Dios lo ha querido así.
Desea, y se realizarán tus deseos.
Pero acomoda tus aspiraciones a tu vida.
Aquí está encerrada.
A cada anhelo, menguaré como tus días.
¿Me quieres? ¡Tómame!
Dios te oirá.
¡Así sea!

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